No. No me había olvidado de él. De su victoria en San Sebastián. De su espectacular mes de julio. De su envidiable temporada. De su, casi, insultante superioridad en las carreras de un día. Philippe Gilbert se merece, cuanto menos, unas cuantas líneas en este humilde blog. Claro que se las merece.
En cuanto a la temporada de Philippe Gilbert se pueden hacer dos análisis distintos, aunque ambos llevarían a la misma conclusión. El primero, centrándonos únicamente en su actuación en clásicas, nos dejaría que, después de sus triunfos en Lieja, Amstel, Flecha Valona y San Sebastián, el actual portador de la tricolor belga ha dado ese pasito que le faltaba para terminar de entrar en ese grupo de corredores por los que no merece la pena apostar en los portales especializados por su poca rentabilidad. El segundo, uniendo a esa temporada clasicómana su actuación en el Tour, nos arroja que Gilbert, poco a poco, se está convirtiendo en el ‘ciclista total’. Un tipo capaz de aunar en dos piernas la potencia necesaria para brillar en las carreras de un día y el fondo inevitable para aquellos que quieren enfrentarse al esfuerzo de tres semanas al máximo nivel.
Habrá quien diga que hay más corredores capaces de hacerlo. El propio Andy Schleck podría ser un buen ejemplo de ello. Valverde, antes de su forzado retiro, también brilló en este sentido. Pero lo de Gilbert es, si me lo permiten, distinto. Al contrario de lo que le sucede al murciano, procede de un país que prácticamente se ha olvidado de las grandes vueltas y en el que los tres triunfos primaverales ya podían suponer, perfectamente, un sobresaliente para la temporada del de Verviers. Pero él quiso más. No se conformó.
Además, acudió al Tour para luchar por alguna etapa, el maillot verde y, sobre todo, actuar de lugarteniente de lujo de Jurgen Van den Broeck, enésimo aspirante a ocupar ese hueco huérfano del ciclismo de su país en las vueltas de tres semanas. El abandono de este colocó a Gilbert en una situación extraña. Sin reconocerlo y sin quererlo, se encontró “haciendo” la general. Sin aspirar a ganar, claro. No había intención de podio, por supuesto. Pero su regularidad y, sobre todo, su sorprendente aguante en etapas de media montaña sorprendió a muchos. La alta montaña, evidentemente, era otra cosa. Su preparación previa al Tour no pasaba por pasar los grandes puertos con los mejores. En principio, tampoco puede. Pero ahora resulta que la sombra de la duda planea sobre sus opciones de hacerlo.
Yo, personalmente, pienso que sería injusto hacerle que en el futuro afronte el reto. Pero ya hay voces que comentan que, si la prepara a conciencia, puede plantearse esa aventura. Y, en el fondo, ¿por qué no? No sería el primer caso en la historia de este deporte en el que un corredor considerado, en principio, un buen sprinter, se convierte en un todoterreno capaz de hacer buenos puestos en generales. Pero, ¿supondría esto sacrificar lo que puede ser un palmarés histórico?
Seguramente sí. Llevo mucho tiempo diciendo que eso es lo que ha pasado (y seguirá pasando) con Alejandro Valverde, que a estas alturas de la película podría tener una hoja de servicios con muchas más victorias, pero que ha sido falseada por vanos intentos de alzarse con un Tour de Francia que, en mi opinión, no tiene en las piernas, como sí tiene la gran mayoría de grandes clásicas. Pero ya sabemos que en este país es imposible montar un bloque alrededor de un corredor apto para vencer en carreras de un día. Y si no, que se lo pregunten a Óscar Freire, al que ni tan siquiera sus tres títulos mundiales le han servido para poder volver a España en condiciones dignas.
Así pues, veremos qué puede depararnos Philippe Gilbert, ese hombre que ya se ha convertido en el ‘ciclista total’. Gran temporada. Grandes esperanzas.












