Gilbert, el ciclista total

No. No me había olvidado de él. De su victoria en San Sebastián. De su espectacular mes de julio. De su envidiable temporada. De su, casi, insultante superioridad en las carreras de un día. Philippe Gilbert se merece, cuanto menos, unas cuantas líneas en este humilde blog. Claro que se las merece.

En cuanto a la temporada de Philippe Gilbert se pueden hacer dos análisis distintos, aunque ambos llevarían a la misma conclusión. El primero, centrándonos únicamente en su actuación en clásicas, nos dejaría que, después de sus triunfos en Lieja, Amstel, Flecha Valona y San Sebastián, el actual portador de la tricolor belga ha dado ese pasito que le faltaba para terminar de entrar en ese grupo de corredores por los que no merece la pena apostar en los portales especializados por su poca rentabilidad. El segundo, uniendo a esa temporada clasicómana su actuación en el Tour, nos arroja que Gilbert, poco a poco, se está convirtiendo en el ‘ciclista total’. Un tipo capaz de aunar en dos piernas la potencia necesaria para brillar en las carreras de un día y el fondo inevitable para aquellos que quieren enfrentarse al esfuerzo de tres semanas al máximo nivel.

Habrá quien diga que hay más corredores capaces de hacerlo. El propio Andy Schleck podría ser un buen ejemplo de ello. Valverde, antes de su forzado retiro, también brilló en este sentido. Pero lo de Gilbert es, si me lo permiten, distinto. Al contrario de lo que le sucede al murciano, procede de un país que prácticamente se ha olvidado de las grandes vueltas y en el que los tres triunfos primaverales ya podían suponer, perfectamente, un sobresaliente para la temporada del de Verviers. Pero él quiso más. No se conformó.

Además, acudió al Tour para luchar por alguna etapa, el maillot verde y, sobre todo, actuar de lugarteniente de lujo de Jurgen Van den Broeck, enésimo aspirante a ocupar ese hueco huérfano del ciclismo de su país en las vueltas de tres semanas. El abandono de este colocó a Gilbert en una situación extraña. Sin reconocerlo y sin quererlo, se encontró “haciendo” la general. Sin aspirar a ganar, claro. No había intención de podio, por supuesto. Pero su regularidad y, sobre todo, su sorprendente aguante en etapas de media montaña sorprendió a muchos. La alta montaña, evidentemente, era otra cosa. Su preparación previa al Tour no pasaba por pasar los grandes puertos con los mejores. En principio, tampoco puede. Pero ahora resulta que la sombra de la duda planea sobre sus opciones de hacerlo.

Yo, personalmente, pienso que sería injusto hacerle que en el futuro afronte el reto. Pero ya hay voces que comentan que, si la prepara a conciencia, puede plantearse esa aventura. Y, en el fondo, ¿por qué no? No sería el primer caso en la historia de este deporte en el que un corredor considerado, en principio, un buen sprinter, se convierte en un todoterreno capaz de hacer buenos puestos en generales. Pero, ¿supondría esto sacrificar lo que puede ser un palmarés histórico?

Seguramente sí. Llevo mucho tiempo diciendo que eso es lo que ha pasado (y seguirá pasando) con Alejandro Valverde, que a estas alturas de la película podría tener una hoja de servicios con muchas más victorias, pero que ha sido falseada por vanos intentos de alzarse con un Tour de Francia que, en mi opinión, no tiene en las piernas, como sí tiene la gran mayoría de grandes clásicas. Pero ya sabemos que en este país es imposible montar un bloque alrededor de un corredor apto para vencer en carreras de un día. Y si no, que se lo pregunten a Óscar Freire, al que ni tan siquiera sus tres títulos mundiales le han servido para poder volver a España en condiciones dignas.

Así pues, veremos qué puede depararnos Philippe Gilbert, ese hombre que ya se ha convertido en el ‘ciclista total’. Gran temporada. Grandes esperanzas.

Cambio de tercio, llega San Sebastián

Seguramente sean muchas las cosas que puedan seguir contándose sobre la pasada edición del Tour de Francia. Muchas las cuestiones deportivas y extradeportivas que merecen un comentario o un análisis, pero en el calendario se siguen tachando días y toca pensar en otras cosas. Centrarse en otros objetivos. Para algunos, toca retirarse a sus casas, hacer balance de la temporada, y descansar antes de afrontar un duro invierno de preparación. Otros, afrontan el último tramo de su puesta a punto de cara a la última gran vuelta del año. Otros, con el Mundial todavía lejos, repasan meticulosamente su planificación de entrenamiento y competición de cara a la cita de Copenhague. Para el resto, llega la época más dura del año. La de esperar una llamada que confirme que tendrán hueco en el pelotón internacional la próxima temporada.

Pero lo más próximo en el calendario es la trigésimo primera edición de la Clásica de San Sebastián. La que otrora fuera la única carrera española incluida en el calendario de la Copa del Mundo, esa Challenge por la que se peleaban los mejores clasicómanos del momento, sigue adelante con una salud de hierro y ahora incluida en el World Tour, esa serie de pruebas surgidas del fallido UCI Pro Tour, la historia de este deporte y los intereses comerciales de UCI y ASO (mayoritariamente).

La de Donosti volverá a ser la clásica en la que vueltómanos y clasicómanos puedan medir sus fuerzas de una forma más ecuánime. Los primeros, porque llegan a ella con el Tour recién terminado o con el puntito de la Vuelta ya en el objetivo. Los segundos, porque después de un largo descanso, han tenido la oportunidad (en algunos casos) de preparar concienzudamente la carrera.

El alto de Jaizkibel volverá a ser uno de los principales jueces de la carrera. Tras el éxito que supuso el doble paso por su cima en la pasada edición, los organizadores han tenido a bien repetir la experiencia siguiendo esa máxima de “si algo funciona… para qué cambiarlo”. Este recorrido puede verse endurecido por el clima. Julio está siendo un mes muy malo, aunque las predicciones para mañana son de sol con unos más que agradables 23 grados.

Jaizkibel, sin ser un puerto excesivamente duro, sí presenta, en sus 8,2 kilómetros de ascenso, tramos con rampas del 10 y el 11 por ciento, si bien se encuentran al inicio del mismo. Esta dificultad beneficia a algunos de los corredores más espectaculares y valientes del pelotón. Por ejemplo, Philippe Gilbert, al que habrá que ver cómo le ha sentado el fenomenal Tour de Francia completado, es, sin duda, uno de los grandes favoritos si sabe (como ha demostrado en otras ocasiones) leer bien su momento. No debemos de olvidar tampoco que, tras el segundo paso por Jaizkibel, situado a 38 kilómetros de meta, todavía quedará subir Arkale, una ‘tachuela’ de poco menos de 3 kilómetros de longitud, pero con rampas superiores al 7 por ciento a apenas 15 kilómetros de meta. Una mala decisión en Jaizkibel podría dejar a cualquiera sin fuerzas en Arkale.

Óscar Freire, que necesitará que su equipo controle la prueba en esas dos subidas, reaparece en Donosti tras un largo parón. A su edad, la frescura que le puede aportar no haber disputado el Tour de Francia puede ser tan beneficioso como perjudicial el hecho de llegar prácticamente sin ritmo de competición. El de Torrelavega ya no es aquel chaval capaz de ganar un Mundial a fuerza de subir la calle de su casa cientos de veces al día.

Entre los españoles también destaca la presencia de un José Joaquín Rojas que podría poner un fenomenal broche al mes de julio con una victoria en el Boulevard donostiarra después de un Tour en el que cerca estuvo de enfundarse el maillot verde. También podría ser una gran ocasión para que Samuel Sánchez diera una nueva alegría a la afición local, que tiene ya muy lejanas en la memoria los triunfos de Marino Lejarreta. Purito Rodríguez, tras la decisión de su equipo de tomar parte en el Tour con una alineación formada únicamente por rusos (veremos si se atreven de nuevo) querrá demostrar que sigue siendo ese corredor combativo y aspirante a la victoria en varios terrenos al que siempre hay que tener controlado. Por fin, dentro del panorama nacional, no podremos perder de vista a los Sastre, Luis León Sánchez (ganador el pasado año) o Carlos Barredo, aunque este tenga las opciones bastante más encorsetadas en un equipo que defenderá a Luisle, Freire y, por qué no, Juanma Garate.

En cuanto a los corredores extranjeros que intentarán romper la racha de tres triunfos nacionales seguidos (Valverde, Barredo y Sánchez), cabría destacar la presencia de los hermanos Schleck. En principio, su presencia no debería de considerarse como una amenaza a los grandes favoritos, pero su expulsión del lugar más alto del podio de París podría despertar, especialmente en Andy, la necesidad de conseguir un triunfo de categoría para callar a sus críticos.

El HTC, por su parte, ante la ausencia de Cavendish, confiará en un Tony Martin que triunfó en la crono del Tour, pero que tendrá una competencia feroz y más especializada en la carrera vasca. Lo mismo le ocurre a Damiano Cunego. El italiano ha hecho un gran Tour, pero habrá que ver si ha mejorado ese puntito necesario para poder estar con los mejores en los momentos decisivos. El GEOX, por su parte, lleva la baza se Sastre, como ya hemos comentado, pero guardará en la recámara a un Menchov motivadísimo tras perderse el Tour y al que casi se podría considerar un local más.

Así pues, toca cambio de tercio. Olvidar el Tour y afrontar nuevos retos. La salida se dará mañana sábado a las 11:10 de la mañana y la respuesta todas las incógnitas la conoceremos en torno a las 17:00 horas.

Palmarés de la Prueba

I 1981. Marino Lejarreta XVII 1997. Davide Rebellin
II 1982. Marino Lejarrera XVIII 1998. Francesco Casagrande
III 1983. Claude Criquelion XIX 1999. Francesco Casagrande
IV 1984. Niki Rutiman XX 2000. Erik Dekker
V 1985. Adri Van Der Poel XXI 2001. Laurent Jalabert
VI 1986. Iñaki Gastón XXII 2002. Laurent Jalabert
VII 1987. Marino Lejarreta XXIII 2003. Paolo Bettini
VIII 1988. Gert Jan Theunisse XXIV 2004. Martín Perdiguero
IX 1989. Gerarde Zadrobilek XXV 2005. Constantino Zaballa
X 1990. Miguel Indurain XXVI 2006. Xavier Florencio
XI 1991. Gianni Bugno XXVII 2007. Leonardo Bertagnolli
XII 1992. Raul Alcalá XXVIII 2008. Alejandro Valverde
XIII 1993. Claudio Chiapucci XXIX 2009. Carlos Barredo
XIV 1994. Armand De las Cuevas XXX 2010. Luis León Sánchez
XV 1995. Lance Armstrong XXXI 2011. ¿?
XVI 1996. Udo Bolts

Doblete ¿imposible?

La prensa española, fiel a su costumbre de buscar conspiraciones mundiales en contra de nuestros representantes en cualquier disciplina deportiva y a excusar cualquier tropiezo de “los nuestros” por estrepitoso que este sea, ha sacado toda la artillería en los últimos días para justificar la no victoria (¡ojo con esto!) de Alberto Contador en el pasado Tour de Francia.

Rodillas completamente machacadas con las que cualquier persona tendría graves problemas para mantener la vertical, un equipo que no quisiera ni el director juvenil más modesto de África, una afición francesa que le ha hecho la vida imposible y, sobre todo, un intento suicida de completar el doblete Giro-Tour han sido las excusas más utilizadas (que no todas) para justificar la no presencia de Contador en el escalón más alto del podio de París. Habla de ello Sergio en su blog Ciclismo 2005 en un artículo que lleva por título ‘Nada humano le derrota ¿te enteras?’.

Aunque estoy de acuerdo con Sergio en el fondo de la cuestión, no lo estoy en las formas de tratar a un periodista y amigo cuyas apreciaciones, si bien pueden ser discutibles, no deben de ser motivo de mofa o burla injustificada. Pero, como digo, no le falta razón en el fondo de la cuestión. Lo que sí le voy a conceder, es que lo de la foto de las rodillas de Contador es, cuanto menos, de risa.

Yo prefiero ‘pasar’ de las cuestiones relativas a las rodillas, la afición francesa o el equipo porque creo que cualquier persona con dos dedos de frente y que haya seguido el pasado Tour con un mínimo de interés sabrá poner en su justo lugar. Me centraré, eso sí, en ese intento de elevar a los altares del ciclismo a Contador por haberse atrevido a atacar el doblete Giro-Tour.

Para comenzar, es bueno recordar que esa decisión poco tiene que ver con el caso del filete clenbuterolizado. Ya antes de hacerse público el positivo (llamemos a las cosas por su nombre), se trazaba la posibilidad de que el de Pinto disputara las dos carreras. Esto es, que su temporada iba a girar en torno a intentar conseguir un reto, no lo neguemos, tremendamente difícil. Pero es una posibilidad que surge en un momento de normalidad o, en otras palabras, sin que existiese el peligro de que al jefe de filas del Saxo Bank se le pudiese apartar del Tour 2011 por su positivo con clenbuterol.

Por otro lado (y eso lo he repetido en alguna ocasión a lo largo del pasado Tour en este mismo lugar), es evidente que Contador ha acusado el cansancio del Giro. Pero eso, se sabía que iba a ocurrir desde el mismo momento en el que la ronda transalpina diera comienzo en Turín. En un deporte tan profesionalizado como lo es el ciclismo del siglo XXI es pueril siquiera pensar que Contador y su equipo de médicos, asesores, directores y compañeros no sabían que los kilómetros acumulados en Italia iban a pesarle en las piernas en Francia.

Pero el gran problema de todo esto, y eso es algo que Sergio no comenta en su blog y que me gustaría añadir, es que toda esta descarga de excusas y justificaciones por parte de la prensa española no hace más que devaluar el enorme mérito de un Alberto Contador que, poco a poco, ve como su primer puesto en el Giro y su 5º del Tour, se convierten en un fracaso entre la opinión pública. Porque, como he dicho al principio, la manía de justificar una no victoria ha convertido un quinto puesto en un desastre. En algo de lo que avergonzarse.

El palmarés de Alberto Contador en 2011, si lo comparamos con el de 2010 es, desde mi punto de vista, igual o más interesante. Victorias en Vuelta a Murcia (2.1), Volta a Catalunya (WT) y Giro de Italia (WT) más un subcampeonato de España en fondo en carretera y un bronce en el nacional de contra reloj en esta temporada frente a Vuelta al Algarve (2.1), Castilla-León (2.1), París-Niza (WT) y Tour de Francia (WT) el pasado año.

Así pues, no se trata de si el doblete es posible o imposible. No se trata de si debe de intentar dos grandes vueltas al año o no (ya ha dicho que el año que viene quiere estar en la Vuelta a España, y no es serio pensar que renunciará al Tour por ello). No se trata, por lo tanto, de justificar nada, porque no hay nada que justificar. Sólo hay una gran temporada que, por cierto, todavía no ha terminado.

De aficionados, energúmenos y puñetazos

Uno de los grandes valores que siempre se destaca sobre el ciclismo como espectáculo de masas es que los aficionados que desean estar cerca de sus ídolos no tienen que pagar entrada por hacerlo. Esto, evidentemente, sucede únicamente en la ruta, porque si queremos poner un pie en un velódromo o en un circuito de ciclocross, sí tendremos que pasar por el trámite de la taquilla. Miles y miles de personas pueden colocarse en las cunetas de las carreteras de cualquier competición ciclista y animar a su corredor favorito por el módico precio de lo que quiera gastarse en comida y bebida para sobrevivir a las horas de espera. Miles y miles de personas que, salvo en los últimos metros de la etapa y por motivos obvios, no son retenidos por vallas o agentes de seguridad. Miles y miles de personas que, en las subidas, pueden correr y gritar a escasos centímetros de sus ídolos. Miles y miles de personas que convierten el gris asfalto en un colorido carnaval por el que desfilan imitadores de Borat, diablos, payasos, superhéroes, toreros…

Y, como no puede ser de otra manera, de entre todos esos miles de aficionados siempre vamos a sacar a un gilipollas. Al imbécil que mancha el nombre de todos los demás. Al idiota que tira al ciclista por querer sacar una foto. Al alelado que deja a su perro suelto justo cuando va a pasar un pelotón a 70 kms/h. Al majadero que se dedica a golpear a todos y cada uno de los ciclistas en la ‘chepa’ mientras suben un puerto pensando que les anima. Al palurdo que mete el palo de su bandera entre los radios de la rueda de su paisano. O, peor todavía, al auténtico impresentable que se dedica a insultar de manera evidente al ciclista.

Siempre defendí que, a diferencia del fútbol, el aficionado ciclista, aunque tenga un favorito en su corazón, anima a todos y cada uno de los esforzados que pasan por delante de su caravana. En el llamado deporte rey, sin embargo, en un estadio de escuchan más insultos hacia el equipo rival que ánimos hacia el local. Eso, por no hablar del árbitro.

Pero eso cambió. En el Grand Depart del Tour de Francia Alberto Contador fue abucheado. Los mal llamados aficionados que estaban allí presentes no tuvieron suficiente con ofrecerle al de Pinto un indiferente silencio. Con negarle el aplauso. Con voltearse todos a la vez y mostrarle la espalda. Todas ellas, opciones mucho más respetuosas que las de abuchear a un corredor que, no lo olvidemos, ha hecho grande a la carrera francesa en la misma medida que antes que él lo hicieron otros campeones y que este año lo ha hecho Cadel Evans.

Luego, en la subida al Alpe d’Huez, todo se desmadró. Apareció una estúpida disfrazada de médico. Tapada, eso sí, de pies a cabeza para no dar la cara. Y a la muy mema no se le ocurrió otra cosa que simular un reconocimiento médico al portador del dorsal número 1, algo que todos relacionamos con el largo affaire vivido por el de Saxo Bank durante el pasado invierno. La presión de los días anteriores, la del invierno pasado, el cansancio de una etapa mítica… todo se le juntó a Contador, que decidió quitarse a la zopenca de encima con un puñetazo.

Ese mismo día lo comenté a través de Twitter con los que en ese momento estaban viendo la carrera, que aplaudían el gesto del campeón madrileño. No. No es excusable. No puede hacerse. Un deportista de elite como Contador, animado por miles de gargantas en los 90 kilómetros que estuvo al ataque ese día. Imagen en la que se fijan millones de niños en todo el mundo. Autoproclamado paradigma del fair-play. Un verdadero fuera de serie capaz de vencer seis grandes vueltas en ocho participaciones no puede soltarle un puñetazo a esa idiota, por muy gilipollas que sea.

Si entramos a justificar o a ver con buenos ojos que un deportista agreda (al fin y al cabo, un puñetazo es una agresión) a un aficionado por mucho que le insulte, estaremos abriendo una veda que luego no podremos parar.

El problema, naturalmente, puede multiplicarse. Pero el problema no es de los corredores. El problema es de los organizadores, que tendrán que encontrar, junto a las fuerzas de orden público, una solución a este problema. Mientras tanto, a los buenos aficionados, sólo les pediría una cosa: la próxima vez que un ciclista, cegado por el enfado, decida tomarse la justicia por su cuenta, aunque sea nuestro corredor favorito… no le justifiquemos. Afeémosle la conducta. Tampoco se trata de hundirle o de machacarle, simplemente decirle que se ha equivocado. Como Contador, que en este caso, se equivocó.

Momento de evaluación y reflexión (y II)

Analizábamos en el post anterior el rendimiento de aquellos hombres cuyo destino y objetivo principal era el de luchar por la victoria final o por objetivos realmente importantes en la recién terminada edición del Tour de Francia. Pero no sólo de grandes figuras vive el ciclismo. Es más, probablemente lo que le da brillantez y notoriedad a este deporte es la posibilidad que tienen los 198 participantes de la gran ronda gala de brillar de una u otra manera durante los 21 días de competición. De meterse en las llamadas ‘escapadas bidón’ y encontrarse con una trabajada victoria con la que inicialmente no contaban. Y, por supuesto, también están esos hombres cuyos objetivos son los de sumar victorias parciales o meterse en la pelea por alguno de los maillots secundarios, aunque su intención inicial no pase por enfundárselo en París, sino, al menos, convertirse en juez y parte del mismo.

Así, dentro de este grupo, nos podemos encontrar al ciclismo noruego en general (aunque dos ciclistas sean esa generalidad). Edvald Boasson Hagen, profesional desde 2006 y que suma a estas alturas de la película sólo 24 primaveras, ha confirmado (si es que realmente todavía quedaba alguna duda) su progresión de cara a convertirse en uno de los hombres importantes del pelotón internacional. Dos victorias de etapa en Lisieux y, sobre todo, Pinerolo han servido para que el Campeón de Noruega contra reloj cierre su participación en el Tour con un merecidísimo sobresaliente.

Aunque un poco más veterano que su compatriota y amigo, Thor Hushovd también ha brillado con luz propia en esta Grande Boucle. A los siete días que portó el maillot amarillo de líder, desplazando de su espalda el arco iris que le distingue como Campeón del Mundo de fondo en carretera, hay que sumar los dos triunfos alcanzados en Lourdes y Gap. Este último, especialmente emocionante para él ya que le birló la gloria al ya mencionado Boasson Hagen, algo que, dada la amistad que les une, le dejó un sabor agridulce que, por fortuna, se diluyó el día siguiente en Pinerolo.

No menos interesante ha sido el Tour del belga Philippe Gilbert. Ganador de la primera etapa tuvo el honor de vestir el primer maillot amarillo de la edición 2011 de la ronda gala. Al de Verviers, además, se le ha visto muy entregado intentando suplir la ausencia de su compañero y jefe de filas de cara a la general Jurgen Van den Broeck, que tuvo que decir adiós en la novena etapa cuando marchaba 12º en la general. Gilbert estuvo presente en la media montaña y en algunos puertos de las etapas alpinas y pirenaicas, aunque evidentemente se le atragantan los grandes colosos de las cordilleras francesas.

Precisamente la de Van den Broeck seguirá siendo una de las grandes incógnitas del ciclismo mundial. La gran esperanza belga (una más en su ya larga histórica de travesía del desierto) para las grandes vueltas llegaba a este Tour con importantes objetivos, pero su abandono nos ha dejado a todos con ganas de conocer su verdadero potencial. A sus 28 años todavía tiene tiempo de afrontar grandes retos, pero la necesidad de confirmar o superar el quinto puesto de la edición de 2010 puede pesarle demasiado en el futuro si no consigue superar el golpe psicológico de la fractura de omóplato que le mandó a casa.

Y, claro, hay que evaluar también el rendimiento completo del equipo Europcar. Cuando en la novena etapa un coche de la televisión francesa se llevó por delante a Flecha y Hoogerland y Thomas Voeckler no dejó en ningún momento de tirar del grupo delantero, en el que finalmente sería superado en meta por Luis León Sánchez, muchos criticaron al francés por la forma en la que se había vestido de amarillo. Voeckler no es un tipo muy querido en el pelotón, pero su numantina defensa de un maillto que todos le dábamos por amortizado en los Pirineos despertó las simpatías de gran parte de la afición. Aguantó Voeckler vestido de líder hasta que, quizá realmente crecido y creyendo en los milagros, corrió como un amateur en la etapa de Alpe d’Huez. Intentó estar con un Contador desatado, sin pensar que ni el español era su rival ni esa era su guerra. Se diluyó ese día un podio que, de otra forma, quizá pudiese haber alcanzado. Pero ese mismo día sirvió para lanzar a la fama a un buen y joven escalador, Pierre Rolland, que supo leer perfectamente la etapa y se soldó a la rueda de un Samuel Sánchez que buscaba todavía el sueño del podio. Ganó en la cima de las 21 curvas y se enfundó el maillot blanco que ya no soltaría.

También merece una mención muy especial en este repaso el español José Joaquín Rojas. El de Cieza no tuvo premio en forma de victoria de etapa, pero portó el maillot verde, que tanto se ha resistido al ciclismo español (sólo Freire se lo llevó en París) portándolo tres días. Segundo en la clasificación de los puntos (o de la regularidad, como prefieran), su Tour ha sido excepcional y sólo la repesca de Cavendish le ha apartado de ser el vencedor final en esa clasificación en la que ha superado, no lo olvidemos, a gente como Gilbert, Hushovd o Boasson Hagen.

Seguramente nos dejamos a muchos corredores en el tintero, porque lo cierto es que todos y cada uno de los 167 corredores que han llegado a París, desde Cadel Evans hasta Fabio Sabatini (que necesitó 3:57:43 más que el líder para completar el recorrido), merecerían, al menos, una línea. Pero la injusticia de no aparecer en los papeles, en las televisiones o en los blogs más modestos como este forma también parte del ciclismo.

Momento de evaluación y reflexión (I)

Ha llegado el momento, temido por casi todos, de evaluar las propias prestaciones. De ser honesto por primera vez en la temporada y reflexionar sobre el lugar en el que la carretera ha situado a cada uno. Hasta ahora, todo era excusable. Carreras de preparación, frío, alergias, trabajar para otros… todo quedaba perdonado porque, al fin y al cabo, el gran objetivo del año esperaba en el mes de julio. Hasta entonces nada importaba. Pero lo único cierto es que el Tour sólo lo puede ganar uno y, salvo el caso de Alberto Contador que ya se llevó el Giro de Italia, los grandes favoritos se han jugado toda la temporada a una mano y, claro, la mayoría han perdido.

Sólo Cadel Evans puede, a sus 34 años, calificar su temporada como un absoluto triunfo. Ganar el Tour de Francia es lo máximo a lo que aspiran la mayoría de los vueltómanos y, por lo tanto, el de BMC se ha ganado el derecho a disfrutar de los homenajes que se le vienen encima. Su carrera, ya lo hemos dicho por activa y por pasiva, no ha sido espectacular, pero es que él no es un tipo especialmente generoso en derroches o en shows. Es un fiel producto de la escuela Indurain, que tanto gustaba en este país no hace tanto y que ahora parece ser considerada el anticiclismo. Ha sido el hombre más inteligente. Ha sabido dosificar lo necesario para derrochar cuando ha tenido que hacerlo. El mejor ejemplo de ello, por supuesto, han sido su subida al Alpe d’Huez y su contra reloj en Grenoble.

También habrá aprobado hoy, aunque todos sabemos que ha copiado algo durante el examen, Mark Cavendish. El sprinter del HTC se llevará el maillot verde salvo machada de Rojas. Un maillot que seguramente nunca debería de haber vestido en París después de haber llegado un día fuera de control (eso es oficial) y, supuestamente, haber subido más de un puerto cogido a los coches (esto es un rumor). Cuatro triunfos parciales a falta de disputarse la llegada de los Campos Elíseos sirven, sin duda alguna, para que el de la Isla de Man cierre este capítulo del año con una sonrisa más que amplia en el rostro.

Samuel Sánchez, por su parte, se convierte en el corredor español que mejor sabor de boca se va a llevar de este Tour de Francia. Esta tarde se subirá a ese trono que tiene de fondo el arco del triunfo portando el maillot a lunares rojos que le distingue como el mejor en la clasificación de la montaña, para muchos la segunda general más importante de una carrera por etapas. Además, se lleva el triunfo en Luz Ardiden y los segundos puestos de Plateau de Beille y Alpe d’Huez. Seguramente haya quien diga que podría haber aspirado al podio, pero lo cierto es que el bueno de Samu todavía lo tiene un poco lejos, aunque a buen seguro que llegará a él a poco que la suerte le acompañe.

El gran fracaso lo han vivido los hermanos Schleck. Todo se les puso favorable nada más salir desde el Passage du Gois, pero su anodino estilo y carácter les han merecido un fracaso sólo atenuado por el hecho de convertirse en los primeros hermanos que suben juntos al podio del Tour de Francia. Esto, que podría ser considerado toda una proeza en cualquier otro caso, no deja de ser un premio de consolación para ambos, pero especialmente para el menos, Andy, que ha visto como se le ha escapado la oportunidad más clara de alzarse con el amarillo de cuantas ha dispuesto hasta el momento. Lo de Frank, en realidad, puede ser pasable. Apenas se le ha visto ejercer de favorito en carrera, por lo que su tercer puesto podría considerarse un triunfo, pero su indisolublidad con su hermano le hace ser partícipe tanto de sus triunfos como de sus fracasos.

No es este el caso, sin embargo, de Alberto Contador. No cabe duda de que su quinto puesto final a 3:57 del vencedor no es para tirar cohetes. Él mismo ha reconocido que si toma la salida en una gran vuelta es con el único objetivo de aspirar a la victoria, algo que se le antojó casi imposible desde el primer día. Pero, pese a ese tropiezo en la lucha por la general, se ha destapado como un corredor de raza, capaz de poner la carrera patas arriba en cualquier momento y se ha erigido como auténtico juez de la prueba, siendo la rueda más vigilada por el resto de los favoritos. Además, su triunfo en el Giro de Italia amortiza, y mucho, esta decepción.

Ganar el Tour, en invierno… y de noche

En Australia, como en el resto del hemisferio Sur de nuestro planeta, hay muchas cosas que van al contrario que en la calurosa (no este año) Francia del mes de julio. Antigua colonia británica, los coches circulan por el lado izquierdo de la calzada. Cuando uno vacía la cisterna del WC, el agua hace remolinos hacia el lado contrario que en los urinarios franceses. Incluso, mientras media Europa disfruta de las playas del mar Mediterráneo, nuestros amigos aussies están que se pelan de frío con temperaturas de 8º en Canberra, 13º en Melbourne o 15º en Sydney. Fíjense si las cosas son distintas a como las conocemos nosotros, que los aficionados al ciclismo australianos tienen que ver el Tour por la noche… cosas de la diferencia horaria. Si me preguntan a mi, les diré que me parece justa venganza por meternos la primera carrera del año, el Tour Down Under, a las horas en las que nos lo meten.

Les decía yo todo esto, porque el ganador del Tour 2011 salvo desastre nunca antes conocido (que todo es posible) es un australiano. Un hombre de 34 años que iba para eterno aspirante. Un corredor nada espectacular. Un ciclista que llegó a la ruta después de haber triunfado en la modalidad de BTT. Un vueltómano que ganó un Mundial de fondo. Un clasicómano que ha ganado un Tour. Un escalador que cerca está de ganar una etapa contra reloj. Un contrarrelojista que vuela sobre las cimas de Pirineos o los Alpes. Un australiano, en fin, que parece haberse empeñado en hacerlo todo al revés.

Todo menos una sola cosa. Lo que tenía que hacer hoy en Grenoble lo ha hecho sin ningún ‘pero’. Sin dejar un único atisbo a la duda. Tenía que recuperar 58 segundos (57 y uno más para superar a Andy Schleck) en 42 kilómetros por los alrededores de la capital de la región de Isère. Con ese rostro imperturbable que tan difícil hace decir si en pleno esfuerzo agonístico Cadel Evans está a punto de reventar la carrera o reventar él mismo, machacó a todos sus rivales. Especialmente a un Andy Schleck que en cada pedalada, en cada kilómetro, se arrepentía de haber dejado viva a la bestia en los Pirineos. “Confío en mis opciones”, decía ayer. Él sabía, como todos, que sólo una desgracia podía apartar a Evans del triunfo y esa desgracia, por fortuna, nunca llegó.

Ahora a Andy, como él mismo reconocía, le toca comerse 20 hamburguesas. Eso le dijo a Posthuma que haría si no era capaz de vestirse de amarillo en París. Pero eso deberá de esperar. No lo hará hoy. Ni mañana. Tendrá que hacerlo en invierno, cuando las estrictas dietas deportivas descansan en el armario esperando la siguiente temporada. Pero el menor de los Schleck no pasará hambre. Antes de eso deberá de tragarse un gran plato de decepción y, sin duda, una buena ración de críticas y reproches.

A Andy Schleck se le criticará por haber corrido defendiéndose de Alberto Contador, un corredor que ya en la primera etapa se cruzó con la desgracia y no parecía el rival más a tener en cuenta. Le reprocharán su falta de ambición por no haber tomado el toro por los cuernos en los Pirineos y haber esperado a cuando ya no quedaba más remedio, a los Alpes, para, de forma desesperada, intentar eliminar a alguien que ya no se iba a dejar vencer. Le desaprobarán que esa ambición familiar de ver a los dos hermanos en el podio parisino haya acabado con una derrota que incluso podría calificarse de humillante. Y, sobre todo, le recordarán que a este paso el bueno de Raymond Poulidor va a poder quitarse de encima ese sambenito de eterno segundón del Tour de Francia, porque si no cambia su concepto de disputar una carrera de tres semanas; si no mejora notoriamente en la lucha contra el crono, no parece demasiado previsible que pueda estar a la altura de un Contador que, presumiblemente, el año que viene llegará al Tour con muchas ganas de revancha.

Ahora, Cadel Evans, ganador en dos ocasiones de la Copa del Mundo de BTT, de un Mundial de Ruta (2009) y realmente poco más (porque, siendo honestos, su palmarés -puede verlo completo más abajo-, no es demasiado impresionante) ha entrado de lleno en la historia del ciclismo.

 

Cadel Evans (Katherine – Australia, 14/02/1977)
1998 1º Copa del Mundo de BTT
1999 1º Copa del Mundo de BTT
2001 1º Vuelta a Austria
2002 1º Prueba CRI de los Juegos de la Commonwealth1º en 1 etapa del Tour Down Under1º en 1 etapa de la Settimana Ciclistica Internazionale

1º en 1 etapa del International UNIQA Classic

2004 1º Vuelta a Austria1º en 1 etapa de la Vuelta a Austria
2005 1º en 1 etapa de la Vuelta a Alemania
2006 1º Tour de Romandía1º en 1 etapa del Tour de Romandía
2007 1º en 1 etapa del Tour de Francia2º Dauphinee Liberee
 

 

2008

1º 1 etapa de la Ruta del Sol1º 1 etapa de la París-Niza1º Settimana Ciclistica Internazionale

1º 1 etapa en la Settimana Ciclistica Internazionale

2º Flecha Valona

2º Dauphiné Libéré

2º Tour de Francia

3º Ruta del Sol

2009 1º Mundial de Fondo en Carretera1º en 1 etapa Dauphiné Libéré1º en 1 etapa de la Coppi-Bartali

2º Dauphiné Libéré

3º Vuelta a España

2010 1º en 1 etapa del Giro de Italia1º Felcha Valona3º Tirreno-Adriático
2011 1º Tirreno-Adriático1º en 1 etapa de la Tirreno-Adriático1º Vuelta a Romandía

1º Tour de Francia

1º en 1 etapa del Tour de Francia

 

Contador, el héroe; Andy, el derrotado; Evans, el elegido y Rolland pasaba por allí

Épico. Inolvidable. Impresionante. Histórico. Espectacular. Estos y otros muchos adjetivos se ha ganado la etapa, el etapón, que esta tarde nos ha regalado Alberto Contador a los amantes del ciclismo. Con apenas 15 kilómetros recorridos decidió reventar la carrera, sin nada que perder, pero con poco que ganar también. Se lanzó a una aventura loca. De esas que ya hemos olvidado. De ciclismo de otros tiempos, el que se regía por los impulsos y las sensaciones de los corredores y no por las órdenes emanadas de los coches de los directores y enviadas al pelotón a través de las ondas de radio.

Decidió que, perdida ayer la carrera de manera definitiva, había llegado el momento de dejar las cosas claras: “me habéis ganado. Sí. Pero habéis necesitado que dispute el Giro y que la primera semana fuese una auténtico infierno para mi para que hincase la rodilla”.

Y ya metido en faena, sorteando con gracia infinita las 21 curvas del Alpe d’Huez, Alberto Contador y Francia, esa misma Francia que le había perdido el respeto el día de la presentación de equipos, hicieron las paces. Todos querían verle cruzar la meta en primera posición. No podía ser de otra manera.

Por detrás, sin embargo, Voeckler, un corredor que ha despertado las simpatías de todos en los últimos días, se desquiciaba y dejaba escapar el maillot amarillo entre gritos a sus compañeros y reproches a los aficionados.

Entre ambos, Evans observaba cómo un incomprensible Andy Schleck seguía fiel a su guión y no se atrevía a convertirse en protagonista. Después de viajar todo el día a rueda de Contador, cuando este consiguió soltarle, el luxemburgués se dedicó a estar junto al australiano, que atónito, todavía no puede creerse que esté a menos de 24 horas de afrontar una contra reloj de la que la lógica dice que saldrá como vencedor de esta edición de la ronda gala.

Y por allí andaba un tal Pierre Rolland, fiel escudero de Voeckler, que decidió correr hoy para él mismo. Se soldó a la rueda de un Samuel Sánchez que, sin querer y buscando el milagro que le metiese en el podio, le llevó hasta la altura de un Alberto Contador que andaba ya con el testigo de la reserva lanzando señales de alarma. Y cuando llegaron a la altura del corredor de Pinto este zigzageo en un par de ocasiones intentando engañar al de Europcar, pero las cosas estaban claras y no tuvo más remedio que dejarle marchar y ver, por las pantallas gigantes, cómo se llevaba una victoria que, en realidad, correspondía a Contador.

Al final, Contador fue el héroe de una jornada en la que la poca decisión de Andy Schleck le han convertido, pese a portar el amarillo, en el gran derrotado y a Cadel Evans en el elegido para la gloria el domingo. Rolland, que pasaba por allí, se encontró con el regalo de una etapa mítica y con el maillot blanco del mejor joven, pero sabiendo que cuando dentro de muchos años hablemos de esta etapa, hablaremos de la locura de Contador, que atacó a 90 kilómetros de la meta. ¿Y ganó? Preguntaremos. La respuesta será clara: “No. No ganó. ¿Quién lo hizo? Pues, la verdad, no me acuerdo”.

21 curvas hacia la gloria

El día 23 de julio de 2.008 hacía calor en la montaña de los holandeses. Frank Schleck, un luxemburgués con dotes para la escalada, llegaba a los pies de una de las cimas más míticas del ciclismo con 49 segundos de ventaja en la general sobre un Carlos Sastre que se encontraba ante la gran oportunidad de su vida. Cuando llegó arriba, el entonces jefe de filas del CSC (pese al favoritismo demostrado por Riis hacia sus entonces mimados hermanos Schleck), había arrebatado a su compañero el maillot amarillo y se colocaba con 1:24 de ventaja tras una subida memorable. Un ataque seco e inesperado en el inicio mismo de la ascensión le permitió conquistar esa victoria tanto tiempo buscada.

El ciclismo, a pesar de ser un deporte forjado a base de mitos e hipérboles, no se ha decidido a ponerle nombre a las 21 curvas del Alpe d’Huez tal y como ocurre en los deportes del motor. Sería, seguramente, una violación a la esencia misma de la cuestión. Ningún corredor puede estar nunca por encima de la propia montaña. Ella siempre estará allí, viendo pasar cada año un pelotón más o menos numeroso, pero siendo siempre juez de la carrera. Es ella quien decide si te deja sin fuerzas. No al contrario.

Si no fuese así, seguro que una de esas horquillas llevaría el nombre de Carlos Sastre, en señal de admiración y respeto a un hombre, el último, que consiguió doblegarla. También tendrían su curva Fausto Coppi, Joop Zoetemelk, Gianni Bugno, Marco Pantani o Lance Armstrong, ganador en su cima tanto en una etapa en línea como en una cronoescalada, la única disputada en la historia del Tour sobre sus rampas en el año 2.004.

Alberto Contador, perdido definitivamente un Tour que sólo un corredor como él se atrevería a afrontar después de haber ganado el Giro de Italia, tiene esta tarde la oportunidad de callar a todos esos ignorantes que se han atrevido a afirmar que su participación en el Tour de 2011 es un auténtico desastre. Muy necio hay que ser para calificar de desastre un puesto entre los diez primeros (veremos si no acaba entre los cinco primeros) tras haber ganado nada más y nada menos que el Giro de Italia (además de la regularidad y la combatividad de la ronda gala, la Volta a Catalunya, la Vuelta a Murcia, siete etapas en distintas vueltas y haber conquistado un subcampeonato de España en línea y un bronce en el ídem de contra reloj).

Alberto tiene, como decía, una oportunidad de oro de callar a todos esos cantamañanas que llenan foros y redes sociales con una victoria épica en la cima de una montaña que convierte a sus conquistadores en héroes del ciclismo. En 2008, la última vez que se subió, Carlos Sastre ascendió desde Bourg-d’Oisans hasta la meta en 38:11 (lo que supone una media de 21,6 kms/h), lejos de esa plusmarca de Marco Pantani que en 1995 completó los 13,8 kilómetros de subida en 36:50, a una media de 22,48 kms/h. No es necesario que el de Pinto se marque esos tiempos como objetivo, pero una última demostración de fuerza supondría la culminación, a lo grande, de una temporada sensacional.

Un ataque, nada descabellado, en el que podría encontrar a un aliado de lujo en la figura de Andy Schleck, que con esa ventaja de poco menos de un minuto respecto a Cadel Evans ve como su ansiado triunfo final está seriamente comprometido por esa lucha contra el crono del penúltimo día en Grenoble.

En definitiva, y a pesar de que los verdaderos amantes del ciclismo saben que el Tour de Alberto Contador es, sin duda alguna, calificable como de Matrícula de Honor, sólo 21 curvas le separan de la gloria, de conseguir un triunfo que bien merecería dar nombre a uno de esos giros.

Andy, ganador; Evans, vencedor

Andy Schleck se ha visto ganador. Muchos le han visto vestido de amarillo impoluto en lo más alto del podio de los Campos Elíseos. El Izoard. Su cima. Un paraje casi lunar. Similar a esa cumbre satelital del Mont Ventoux. Un luxemburgués transitando en solitario por delante de la Casse Déserte. Dos españoles, Alberto Contador y Samuel Sánchez, charlando ajenos al drama. Un australiano, Cadel Evans, calculando los vatios consumidos y los guardados. Un hermano, Frank Schleck, entre la desesperación de ver que nadie reacciona y la alegría contenida del lotero que ha vendido El Gordo. Un francés, Thomas Voeckler, a punto del vómito, que no sabe por qué sigue siendo protagonista de la batalla.

La etapa conmemorativa del primer paso, cien años atrás, por la cima del coloso Galibier, habrá decepcionado a algunos y apasionado a otros. Habrá dejado tristes a los forofos del hombre. A los hooligans patrios. Habrá, sin embargo, merecido la pena para los amantes del ciclismo. Los incondicionales del pedal.

Nadie. Absolutamente nadie. El que diga lo contrario, miente. Cien metros antes, todos nos debatíamos en la duda. ¿Es actuación o realidad? ¿Viaja Contador tan atrás por capricho o por necesidad? No había respuesta. Sólo una manera de encontrarla. Y el más criticado. El que más tenía que perder (y ganar), se decidió a ofrecernos la solución a la incógnita. Seco. Brutal. Sin compasión. Desde la primera posición. Como solo los grandes campeones pueden y saben hacerlo. El demarraje de Andy Schleck dejó a todos de piedra. Frank, sabedor de que no podía ni debía contestar, miró a su alrededor. Vio a Cadel Evans. El australiano debía de contestar, pero no lo hizo. Voeckler, con algún lugarteniente, suficiente tenía con seguir el ritmo de los grandes capos. Contador, muy por detrás, rezaba esperando que a nadie más se le ocurriese la gran idea de machacarle más todavía. Samuel Sánchez… bueno, Samuel hizo lo que se esperaba de él, es decir, estar con los mejores. Seguir a sus rivales directos. Intentar sorprender.

El ascenso del Izoard, lo que quedaba de él, se hizo eterno. Diez segundos. Veinte. Treinta. Casi un minuto. En el descenso, Contador le metió el dedo en el ojo a Frank. “Si no te gusta bajar, no hagas tanto esfuerzo en subir”. Pero no era suficiente. Ni este es su Tour ni la de hoy su etapa. Por delante, Andy iba sin cadena.

Por detrás, sin embargo, Evans viajaba tranquilo. “Está perdiendo el Tour”. “Algo debe de hacer”. “No puede quedarse tan tranquilo”. No. Claro que no. Todavía queda el Galibier, juez y parte de este Tour. Su ascensión fue brutal. Andy tenía casi cuatro minutos de ventaja a sus pies, que se quedarían en poco más de dos en la meta.

Ya lo he dicho. No me gusta. No lo aguanto. A mi gusto, Cadel Evans representa todo aquello por lo que mis amigos futboleros prefieren la siesta al Tour, pero el australiano hace lo que debe, es decir, acabar la etapa con algo más de un minuto de desventaja respecto a Andy. Nada que no puede superar, casi sin despeinarse, en Grenoble.

Mañana, claro, hay que superar el Alpe d’Huez.