Cerrado el fin de semana grande del ciclocross nacional en Xàtiva (Valencia) con los títulos, en categoría Elite, de Felipe Orts (Burgos-BH) y Lucía González (Nesta-MMR) llegó el momento de que cada cual, ciclistas, técnicos, periodistas y, por supuesto, aficionados –que es de lo que vive este circo llamado ciclismo– analizara lo visto y vivido y sacara sus propias conclusiones.

Una de las más extendidas, al menos en redes sociales, ha sido la calidad del circuito sobre el que se han disputado las carreras y la sensación general, con calificativos más o menos gruesos, es que no ha gustado. No ha gustado nada.

El público siempre tiene razón

Y si el público, que es para el que se montan todos estos saraos, no da su beneplácito, no queda más que aceptarlo, tomar nota y tratar de aprender de los errores cometidos. Porque los organizadores hacen todo lo mejor que saben y pueden –cosas no siempre coincidentes–, pero la autocrítica siempre es constructiva.

Dicho y anotado eso, el recién disputado Campeonato de España de ciclocross debe servir, además, para sacar otras lecturas en el plano extradeportivo. La irrupción y posterior confirmación de Felipe Orts como el mejor ciclocrossman de la historia del ciclismo español y, sobre todo, la posibilidad de ver la mayor parte del calendario internacional por televisión sin tener que recurrir a enlaces de paupérrima calidad como antaño, ha hecho crecer el interés por la especialidad de forma nunca antes vista.

Y eso se traduce en el ambiente que se respira en cualquier carrera. Los circuitos gozan ahora de una atmósfera que nada tiene que ver con la que se respiraba hace apenas una década y eso, se mire por donde se mire, es una gran noticia… pero ahora toca ponerle la guinda al pastel y ahí es, precisamente, donde el debate está errando su fondo.

Algo falla en la comunicación

Debemos reconocer, especialmente los periodistas, que por un motivo u otro –llevo años tratando de entender el porqué, pero no he sido capaz de despejar la incógnita–, no hemos sido capaces de transmitir a la afición ciclista, tan huérfana en los meses de invierno, la pasión que algunos de nosotros sentimos por esta especialidad y, de esta manera, hacerla más mainstream.

De eso, no cabe duda, tenemos la culpa los periodistas y los medios para los que trabajamos y somos nosotros, desde este lado de la barrera, los que –si realmente hay interés en ello– debemos hacer autocrítica y redirigir esfuerzos.

Pero para que el ciclocross en España dé un salto, seguramente definitivo, hacia delante falta una cosa fundamental y esa recae única y exclusivamente sobre las espaldas de los organizadores: cambiar el chip. Deben entender que, si se quiere que las campas se llenen y el ciclocross sea una fiesta dominical en los pueblos donde se disputan las carreras, tan importante es la vertiente deportiva (circuito, instalaciones para los equipos, mejora de la calidad competitiva…) como la ‘fiesta’ que debe ser un domingo de ciclocross.

Una fiesta más que una carrera

Cualquiera que haya disfrutado de la experiencia de gozar de un domingo de carreras en cualquiera de los grandes templos del ciclocross internacional sabrá que aquello, en el fondo del asunto, no es más que una gran feria en la que el ciclismo es la ‘excusa’ para todo lo que sucede alrededor.

Y, por supuesto, nadie puede esperar que en España, al menos por ahora, se instalen esas gigantescas carpas pagadas en las que los patrocinadores agasajan a sus VIP –Teika ya ha dado el primer paso y sería bueno que compartan su experiencia para animar a otros a hacer lo propio– y los aficionados de a pie comparten charla, comida y bebida mientras siguen la carrera a ratos por la tele, a ratos en el circuito.

Enamorar a los acompañantes

De lo que se trata, y esto es bien sencillo de conseguir en muchos casos, es de hacer atractiva la mañana de ciclocross para los acompañantes. Todas esas personas (maridos, mujeres, hijos, amigos…) a las que el apasionado no es capaz de convencer para que le acompañen a ver las carreras, pero sí podrían acabar dando el paso si se les ofrecen otras opciones.

Ideas puede haber muchas y dependerán, claro está, de lo que ofrezca el entorno del municipio en el que se celebra la carrera. En general, y esto es simplificar mucho (aunque seguramente en esa simplificación radique el éxito del experimento), basta con contestar a una sola pregunta: si quitamos el ciclocross de la ecuación, ¿de qué otra manera se lo pasaría bien la gente que venga a la campa?

La respuesta, en realidad, es igual de simple que la propia pregunta: música, espectáculos, pequeños circuitos en bici para los más pequeños, comida y bebida. Estoy plenamente convencido de que si un organizador convenciera a los restauradores de su zona para realizar ese domingo algún concurso gastronómico (que no tiene por qué ser gratuito para el asistente) y embaucara a un DJ o grupo de música local para que animaran la fiesta en los ratos muertos entre carrera y carrera, la asistencia a los circuitos sería mucho mayor de lo que es en la actualidad y, por consiguiente, el interés de marcas y patrocinadores crecería para seguir invirtiendo en este deporte.


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