Ciclismo

El Espíritu de Oliva

Hay ocasiones en la vida en las que sentarse delante de un teclado intentando olvidar o, al menos, obviar la cara más pestilente de la condición humana resulta casi imposible. Si el Giro de Italia llega mañana al Etna, si Katusha-Alpecin opina que a Alexander Kristoff le sobran o le faltan kilos, si el Estado debe de soltar una indemnización millonaria a Roberto Heras, si Óscar Sevilla ha vuelto a ganar una ronda por etapas en España… de repente todo da lo mismo. Nada importa. Cualquier noticia que el ciclismo pueda dar resulta del todo irrelevante ante la oleada de indignación que recorre a todo el colectivo y que estruja el corazón y revuelve el estómago. Ante la impotencia que produce saber que una conductora, bebida y drogada, se llevó por delante la vida de dos personas y ha enviado a otras tres a la UCI. Ante la rabia que da saber que la protagonista de esta historia es una peligrosa reincidente –mi impericia en términos jurídicos me pide ser prudente y no aplicarle el término de criminal– que, entonces sin muertos de por medio, ya se tuvo que plantar delante de un juez por hechos similares en el pasado. Ante la inutilidad del pensamiento de qué hubiese pasado si, por ejemplo, las leyes españolas fuesen más duras con aquellos que deciden ponerse al volante después de haberse puesto hasta las cejas en una noche de fiesta.

Pero los medios de comunicación –y, por consiguiente, los periodistas– tienen, entre una de sus funciones, la de formar opinión. La de la concienciación. Y con Anna González, promotora de #PorUnaLeyJusta como madrina (espero que me perdone la osadía); con los supervivientes como Iván como portavoces, con los profesionales como altavoces y, sobre todo, con la razón que, por mucho que se empeñen algunos, sabemos que tenemos, es el momento de reivindicar la memoria de nuestros mártires [persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones, según el DRAE] Eduardo, Luis Alberto y todos los que fueron antes de ellos y declarar la guerra sin cuartel a la situación de inacción de unos y otros que está permitiendo el exterminio constante de los ciclistas. El dolor inconsolable de los que se quedan. La ausencia irreparable de los que se van.

Hacía antes referencia a la pestilente condición humana porque en esto del constante goteo de muertes en la carretera a manos de conductores bebidos, drogados o que se dan a la fuga hay que unir también la de los desalmados que, escondidos en el cobarde y vil anonimato de las redes sociales, lanzan su veneno en busca de una notoriedad que, si además de los retuiteos y likes de turno al que los denuncia se tradujesen en la gratuita, fácil y cómoda denuncia online al Cuerpo Nacional de Policía a través de su página web, seguro que no sería ni tan habitual ni tan gratuito.

Pero eso ha sucedido siempre. La sociedad, en su conjunto, necesita un tiempo para asimilar y darse cuenta de la magnitud e injusticia de ciertos problemas que, por distintos motivos, parecen no ir con ella hasta que algo sucede. Un catalizador. La generación del que esto escribe es la que creció asistiendo, incrédula, pero avergonzantemente anestesiada por la constante repetición, a los conocidos como años de plomo del terrorismo etarra. A las muertes cobardes y los secuestros viles. Pero todo aquello, incluida la connivencia de ciertos sectores sociales y el silencio cómplice de algunas corrientes políticas, se acabó cuando, y no viene aquí al caso analizar en profundidad lo sucedido, que para eso están las hemerotecas, nació lo que se llamó el Espíritu de Ermua y su calles tomadas. Y sus manos blancas. Y sus velas en las plazas. Y sus pérdida de miedo. Y su ETA, dispara, aquí tienes mi nuca que, a los que vivimos aquellos tres helados días de julio, sigue erizándonos la piel y humedeciendo los ojos.

Ahora ha llegado el momento. Ya no podemos mirar a otro lado. Es el momento de invocar el Espíritu de Oliva. Tomar las carreteras. Las calles. Pacífica, pero contundentemente. Y dejar claro que nosotros, la sociedad, sin hacer distinción entre conductores, peatones, motoristas o ciclistas, estamos hartos de esto. Que algo tiene que cambiar. Que no basta con recibir a Anna en el Congreso y hacerse una foto. Hay que tomar la calle y, al unísono, plantarnos ya. Porque esto no puede seguir así. Porque la sociedad, todos nosotros, es tan buena o tan mala como lo es su sentimiento hacia la conductora bebida y drogada que ha matado a dos ciclistas ayer.

Y es verdad que cada uno de nosotros, en casa, tenemos que trabajar en educar a los más pequeños para que el futuro esté en manos de personas más concienciadas y empáticas, pero también es verdad que, hasta que ese momento llega, tenemos la obligación de ejercer la presión necesaria para confiar en lo que viene a llamarse ‘sistema‘ para que, con una serie de sanciones más o menos duras, ejerza su labor coercitiva sobre los que tienen la tentación de saltarse las normas y tomar la decisión, que es finalmente lo que es, de ponerse al volante tras haber consumido alcohol o drogas.

El momento, decíamos, ha llegado: hay que reivindicar el Espíritu de Oliva.

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Artículo publicado en Ciclo21